[Noalca-l] [Solidaridadconcuba] Reflexiones de Fidel Castro: LAS DOS COREAS

pedro gellert mmsc2002 en prodigy.net.mx
Vie Jul 25 09:00:09 CDT 2008


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CUBA:
50 AÑOS DE REVOLUCION
80 AÑOS DEL NATALICIO DEL COMANDANTE ERNESTO "CHE GUEVARA"
GRAN MARCHA EN SOLIDARIDAD CON CUBA
Sábado, 26 de julio
12h Hemiciclo a Juárez a la Embajada de EUA, Cd. de México

FESTEJO/BAILE
"De corazón a corazón va por Cuba este Son"
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Kike y su aché
desde Santiago de Cuba: Son Caliente
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con comida y bebidas cubanas
Viernes, 25 de julio, a partir de las 8pm
Salón Los Angeles, Calle Lerdo 206 esq. con Flores Magón
Col. Guerrero (Metro Tlatelolco)
boleto: 120 pesos
boletos en venta en la pueta o llama a:
5782-2564, 044-55-1849-9274
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(tomado de la prensa cubana, 23 y 25 de julio de 2008)

LAS DOS COREAS

por Fidel Castro

La nación coreana, con su peculiar cultura que la 
diferencia de sus vecinos chinos y japoneses, 
existe desde hace tres mil años.  Son 
características típicas de las sociedades de esa 
región asiática, incluidas la china, la 
vietnamita y otras.  Nada parecido se observa en 
las culturas occidentales, algunas con menos de 250 años.

Los japoneses habían arrebatado a China en la 
guerra de 1894 el control que ejercía sobre la 
dinastía coreana y convirtieron su territorio en 
una colonia de Japón.  Por acuerdo entre Estados 
Unidos y las autoridades coreanas, el 
protestantismo fue introducido en ese país en el 
año 1892.  Por otro lado, el catolicismo había 
penetrado igualmente en ese siglo a través de las 
misiones.  Se calcula que actualmente en Corea 
del Sur alrededor del 25 por ciento de la 
población es cristiana y una cifra similar es 
budista.  La filosofía de Confucio ejerció gran 
influencia en el espíritu de los coreanos, que no 
se caracterizan por las prácticas fanáticas de la religión.

Dos importantes figuras ocuparon los primeros 
planos de la vida política de esa nación en el 
siglo XX.  Syngman Rhee, que nace en marzo de 
1875, y Kim Il Sung 37 años después, en abril de 
1912.  Ambas personalidades, de distinto origen 
social, se enfrentaron a partir de circunstancias históricas ajenas a ellos.

Los cristianos se oponían al sistema colonial 
japonés, entre ellos Syngman Rhee, que era 
practicante activo del protestantismo.  Corea 
cambió de status:  Japón anexó su territorio en 
1910.  Años más tarde, en 1919,  Rhee fue 
nombrado Presidente del Gobierno Provisional en 
el exilio, con sede en Shanghai, China.  Nunca 
empleó las armas contra los invasores.  La Liga 
de las Naciones, en Ginebra, no le prestó atención.

El imperio japonés fue brutalmente represivo con 
la población de Corea.  Los patriotas resistieron 
con las armas la política colonialista de Japón y 
lograron liberar una pequeña zona en los terrenos 
montañosos del Norte, durante los últimos años de la década de 1890.

Kim Il Sung, nacido en las proximidades de 
Pyongyang, a los 18 años se incorporó a las 
guerrillas comunistas coreanas que luchaban 
contra los japoneses.  En su activa vida 
revolucionaria alcanzó la jefatura política y 
militar de los combatientes antijaponeses del 
Norte de Corea, cuando sólo tenía 33 años de edad.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos 
decidió el destino de Corea en la 
posguerra.  Entró en la contienda cuando fue 
atacado por una criatura suya, el Imperio 
del  Sol Naciente, cuyas herméticas puertas 
feudales abrió el Comodoro Perry en la primera 
mitad del siglo XIX apuntando con sus cañones al 
extraño país asiático que se negaba a comerciar con Norteamérica.

El aventajado discípulo se convirtió más tarde en 
un poderoso rival, como ya expliqué en otra 
ocasión.  Japón golpeó sucesivamente décadas más 
tarde a China y Rusia, apoderándose 
adicionalmente de Corea.  No obstante fue astuto 
aliado de los vencedores en la Primera Guerra 
Mundial a costa de China.  Acumuló fuerzas y, 
convertido en una versión asiática del 
nazifascismo, intentó ocupar el territorio de 
China en 1937 y atacó a Estados Unidos en 
diciembre de 1941;  llevó la guerra al Sudeste Asiático y a Oceanía.

Los dominios coloniales de Gran Bretaña, Francia, 
Holanda y Portugal en la región estaban 
condenados a desaparecer y Estados Unidos surgía 
como la potencia más poderosa del planeta, 
resistida sólo por la Unión Soviética, entonces 
destruida por la Segunda Guerra Mundial y las 
cuantiosas pérdidas materiales y humanas que le 
ocasionó el ataque nazi.  La Revolución china 
estaba por concluir en 1945 cuando la matanza 
mundial cesó.  El combate unitario antijaponés 
ocupaba entonces sus energías. Mao, Ho Chi Minh, 
Gandhi, Sukarno y otros líderes prosiguieron 
después su lucha contra la restauración del viejo 
orden mundial que era ya insostenible.

Truman lanzó contra dos ciudades civiles 
japonesas la bomba atómica, arma nueva 
terriblemente destructiva de cuya existencia, 
como se ha explicado, no había informado al 
aliado soviético, el país que más contribuyó a la 
destrucción del fascismo.  Nada justificaba el 
genocidio cometido, ni siquiera el hecho de que 
la tenaz resistencia japonesa había costado la 
vida a casi 15 mil soldados norteamericanos en la 
isla japonesa de Okinawa.  Ya Japón estaba 
derrotado y tal arma, lanzada contra un objetivo 
militar, habría tenido más tarde o más temprano 
el mismo efecto desmoralizador en el militarismo 
japonés sin nuevas bajas para los soldados de 
Estados Unidos.  Fue un acto incalificable de terror.

Los soldados soviéticos avanzaban sobre Manchuria 
y el Norte de Corea, tal como lo habían prometido 
al cesar los combates en Europa.  Los aliados 
habían definido previamente hasta qué punto 
llegaría cada fuerza.  En la mitad de Corea 
estaría la línea divisoria, equidistante entre el 
río Yalu y el Sur de la península.  El gobierno 
norteamericano negoció con los japoneses las 
normas que regirían la rendición de las tropas en 
su propio territorio.  Japón sería ocupado por 
Estados Unidos.  En Corea, anexada a Japón, 
permanecía una gran fuerza del poderoso ejército 
japonés.  En el Sur del Paralelo 38, límite 
divisorio establecido, prevalecerían los 
intereses de Estados Unidos.  Syngman Rhee, 
reincorporado a esa parte del territorio por el 
gobierno de Estados Unidos, fue el líder  al que 
apoyó,  con la cooperación abierta de los 
japoneses.  Ganó así las reñidas elecciones de 
1948.  Los soldados del Ejército Soviético se 
habían retirado de Corea del Norte ese año.

El 25 de junio de 1950 estalló la guerra en el 
país.  Todavía se discute quién realizó el primer 
disparo, si los combatientes del Norte o los 
soldados norteamericanos que montaban guardia 
junto a los soldados reclutados por Rhee. La 
discusión carece de sentido si se analiza desde 
el ángulo coreano.  Los combatientes de Kim Il 
Sung lucharon contra los japoneses por la 
liberación de toda Corea.  Sus fuerzas avanzaron 
incontenibles hasta las proximidades del extremo 
Sur, donde los yanquis se defendían con el apoyo 
masivo de sus aviones de ataque.  Seúl y otras 
ciudades habían sido ocupadas.  McArthur, jefe de 
las fuerzas norteamericanas del Pacífico, decidió 
ordenar un desembarco de la infantería de Marina 
por Incheon, en la retaguardia de las fuerzas del 
Norte, que estas no podían ya 
contrarrestar.  Pyongyang cayó en manos  de las 
fuerzas yanquis, precedidas por devastadores 
ataques aéreos.  Ello impulsó la idea por parte 
del mando militar norteamericano en el Pacífico 
de ocupar toda Corea, ya que el Ejército de 
Liberación Popular de China, dirigido por Mao 
Zedong, había infligido una derrota aplastante a 
las fuerzas proyanquis de Chiang Kai-shek, 
abastecidas y apoyadas por Estados Unidos.  Todo 
el territorio continental y marítimo de ese gran 
país había sido recuperado, con excepción de 
Taipei y algunas otras pequeñas islas próximas 
donde se refugiaron las fuerzas del Kuomintang, 
transportadas por naves de la Sexta Flota.

La historia de lo ocurrido entonces se conoce hoy 
bien.  No olvidar que Boris Yeltsin entregó a 
Washington, entre otras cosas, los archivos de la Unión Soviética.

¿Qué hizo Estados Unidos cuando estalló el 
conflicto prácticamente inevitable bajo las 
premisas creadas en Corea?  Presentó a la parte 
norte de ese país como agresora.  El Consejo de 
Seguridad de la recién creada Organización de 
Naciones Unidas, promovida por las potencias 
vencedoras de la Segunda Guerra Mundial, aprobó 
la resolución sin que uno de los cinco miembros 
pudiera vetarla.  En esos precisos meses la URSS 
se había manifestado inconforme con la exclusión 
de China en el Consejo de Seguridad, donde 
Estados Unidos reconocía a Chiang Kai-shek, con 
menos del 0,3 por ciento del territorio nacional 
y menos del 2 por ciento de la población, como 
miembro del Consejo de Seguridad con derecho al 
veto.  Tal arbitrariedad condujo  a la ausencia 
del delegado ruso, a consecuencia de lo cual se 
produjo el acuerdo de ese Consejo dando a la 
guerra el carácter de una acción militar de la 
ONU contra el presunto agresor: la República 
Popular de Corea.  China, ajena por completo al 
conflicto, que afectaba su lucha inconclusa por 
la liberación total del país, vio cernirse la 
amenaza directa contra su propio territorio, lo 
cual era inaceptable para su seguridad.  Según 
datos publicados, envió al  primer ministro Zhou 
Enlai a Moscú, para expresar a Stalin su punto de 
vista sobre lo inadmisible que era la presencia 
de fuerzas de la ONU bajo el mando de Estados 
Unidos en las riberas del río Yalu, que delimita 
la frontera de Corea con China, y solicitarle la 
cooperación soviética.  No existían entonces 
contradicciones profundas entre los dos gigantes socialistas.

El contragolpe chino se afirma que estaba 
planeado para el 13 de octubre y Mao lo pospuso 
para el 19, esperando la respuesta soviética. Era 
el máximo que podía dilatarlo.

El 19 de octubre de 1950 más de 400 mil 
combatientes voluntarios chinos, cumpliendo las 
instrucciones de Mao Zedong, cruzaron el Yalu y 
salieron al paso de las tropas de Estados Unidos 
que avanzaban hacia la frontera china. Las 
unidades norteamericanas, sorprendidas por la 
enérgica acción del país al que habían 
subestimado, se vieron obligadas a retroceder 
hasta las proximidades de la costa sur, bajo el 
empuje de las fuerzas combinadas de chinos y 
coreanos del Norte. Stalin, que era sumamente 
cauteloso, prestó una cooperación mucho menor que 
lo que esperaba Mao, aunque valiosa, mediante el 
envío de aviones MiG-15 con pilotos soviéticos, 
en un frente limitado de 98 kilómetros, que en la 
etapa inicial protegieron a las fuerzas de tierra 
en su intrépido avance. Pyongyang fue de nuevo 
recuperado y Seúl ocupado otra vez, desafiando el 
incesante ataque de la fuerza aérea de Estados 
Unidos, la más poderosa que ha existido nunca.

MacArthur estaba ansioso por atacar a China con 
el empleo de las armas atómicas. Demandó su uso 
tras la bochornosa derrota sufrida. El presidente 
Truman se vio obligado a sustituirlo del mando y 
nombrar al general Matthews Ridgway como jefe de 
las fuerzas de aire, mar y tierra de Estados 
Unidos en el teatro de operaciones. En la 
aventura imperialista de Corea participaron, 
junto a Estados Unidos, el Reino Unido, Francia, 
Países Bajos, Bélgica, Luxemburgo, Grecia, 
Canadá, Turquía, Etiopía, Sudáfrica, Filipinas, 
Australia, Nueva Zelanda, Tailandia y Colombia. 
Este país fue el único participante por América 
Latina, bajo el gobierno unitario del conservador 
Laureano Gómez, responsable de matanzas masivas 
de campesinos. Con ella, como se vio, 
participaron la Etiopía de Haile Selassie, donde 
todavía existía la esclavitud, y la Sudáfrica 
gobernada por los racistas blancos.

Hacía apenas cinco años que la matanza mundial 
iniciada en septiembre de 1939 había concluido, 
en agosto de 1945. Después de sangrientos 
combates en el territorio coreano, el Paralelo 38 
volvió a ser el límite entre el Norte y el Sur. 
Se calcula que murieron en esa guerra cerca de 
dos millones de coreanos del Norte, entre medio 
millón o un millón de chinos y más de un millón 
de soldados aliados. Por parte de Estados Unidos 
perdieron la vida alrededor de 44 mil soldados; 
no pocos de ellos eran nacidos en Puerto Rico u 
otros países latinoamericanos, reclutados para 
participar en una guerra a la que los llevó la condición de inmigrantes pobres.

Japón obtuvo grandes ventajas de esa contienda; 
en un año, la manufactura creció un 50%, y en dos 
recuperó la producción alcanzada antes de la 
guerra. No cambió, sin embargo, la percepción de 
los genocidios cometidos por las tropas 
imperiales en China y Corea. Los gobiernos de 
Japón han rendido culto a los actos genocidas de 
sus soldados, que en China habían violado a 
decenas de miles de mujeres y asesinaron 
brutalmente a cientos de miles de personas, como 
ya se explicó en una reflexión.

Sumamente laboriosos y tenaces, los japoneses han 
convertido su país, desprovisto de petróleo y 
otras materias primas importantes, en la segunda potencia económica del mundo.

El PIB de Japón, medido en términos capitalistas 
—aunque los datos varían según las fuentes 
occidentales—, asciende hoy a más de 4,5 millones 
de millones de dólares, y sus reservas en divisas 
alcanzan más de un millón de millones. Es todavía 
el doble del PIB de China, 2,2 millones de 
millones, aunque esta posee un 50% más de 
reservas en moneda convertible que ese país. El 
PIB de Estados Unidos, 12,4 millones de millones, 
con 34,6 veces más territorio y 2,3 veces más 
población, es apenas tres veces mayor que el de 
Japón. Su gobierno es hoy uno de los principales 
aliados del imperialismo, cuando este se halla 
amenazado por la recesión económica y las armas 
sofisticadas de la superpotencia se esgrimen 
contra la seguridad de la especie humana.

Son lecciones imborrables de la historia.

La guerra, en cambio, afectó considerablemente a 
China. Truman dio órdenes a la VI Flota de 
impedir el desembarco de las fuerzas 
revolucionarias chinas que culminarían la 
liberación total del país con la recuperación del 
0,3 por ciento de su territorio, que había sido 
ocupado por el resto de las fuerzas pro yanquis 
de Chiang Kai-shek que hacia allí se fugaron.

Las relaciones chino-soviéticas se deterioraron 
después, tras la muerte de Stalin, en marzo de 
1953. El movimiento revolucionario se dividió en 
casi todas partes. El llamamiento dramático de Ho 
Chi Minh dejó constancia del daño ocasionado, y 
el imperialismo, con su enorme aparato mediático, 
atizó el fuego del extremismo de los falsos 
teóricos revolucionarios, un tema en el que los 
órganos de inteligencia de Estados Unidos se convirtieron en expertos.

A Corea del Norte le había correspondido, en la 
arbitraria división, la parte más accidentada del 
país. Cada gramo de alimento tenía que obtenerlo 
a costa de sudor y sacrificio. De Pyongyang, la 
capital, no quedó piedra sobre piedra. Un elevado 
número de heridos y mutilados de guerra debían 
ser atendidos. Estaban bloqueados y sin recursos. 
La URSS y los demás Estados del campo socialista se reconstruían.

Cuando llegué el 7 de marzo de 1986 a la 
República Popular Democrática de Corea, casi 33 
años después de la destrucción que dejó la 
guerra, era difícil creer lo que allí sucedió. 
Aquel pueblo heroico había construido infinidad 
de obras: grandes y pequeñas presas y canales 
para acumular agua, producir electricidad, 
abastecer ciudades y regar los campos; 
termoeléctricas, importantes industrias mecánicas 
y de otras ramas, muchas de ellas bajo tierra, 
enclavadas en las profundidades de las rocas a 
base de trabajo duro y metódico. Por falta de 
cobre y aluminio se vieron obligados a utilizar 
incluso hierro en líneas de transmisión 
devoradoras de energía eléctrica, que en parte 
procedía de la hulla. La capital y otras ciudades 
arrasadas fueron construidas metro a metro. 
Calculé millones de viviendas nuevas en áreas 
urbanas y rurales y decenas de miles de 
instalaciones de servicios de todo tipo. 
Infinitas horas de trabajo estaban convertidas en 
piedra, cemento, acero, madera, productos 
sintéticos y equipos. Las siembras que pude 
observar, dondequiera que fui, parecían jardines. 
Un pueblo bien vestido, organizado y entusiasta 
estaba en todas partes, recibiendo al visitante. 
Merecía la cooperación y la paz.

No hubo tema que no discutiera con mi ilustre 
anfitrión Kim Il Sung. No lo olvidaré.

Corea quedó dividida en dos partes por una línea 
imaginaria. El Sur vivió una experiencia 
distinta. Era la parte más poblada y sufrió menos 
destrucción en aquella guerra. La presencia de 
una enorme fuerza militar extranjera requería el 
suministro de productos locales manufacturados y 
otros, que iban desde la artesanía hasta las 
frutas y vegetales frescos, además de los 
servicios. Los gastos militares de los aliados 
eran enormes. Lo mismo ocurrió cuando Estados 
Unidos decidió mantener indefinidamente una gran 
fuerza militar. Las transnacionales de Occidente 
y de Japón invirtieron en los años de la Guerra 
Fría considerables sumas, extrayendo riquezas sin 
límites del sudor de los surcoreanos, un pueblo 
igualmente laborioso y abnegado como sus hermanos 
del Norte. Los grandes mercados del mundo 
estuvieron abiertos a sus productos. No estaban 
bloqueados. Hoy el país alcanza elevados niveles 
de tecnología y productividad. Ha sufrido las 
crisis económicas de Occidente, que dieron lugar 
a la adquisición de muchas empresas surcoreanas 
por las transnacionales. El carácter austero de 
su pueblo le ha permitido al Estado la 
acumulación de importantes reservas en divisas. 
Hoy soporta la depresión económica de Estados 
Unidos, en especial los elevados precios de 
combustibles y alimentos, y las presiones inflacionarias derivadas de ambos.

El PIB de Corea del Sur, 787 mil 600 millones de 
dólares, es igual al de Brasil (796 mil millones) 
y México (768 mil millones), ambos con abundantes 
recursos de hidrocarburos y poblaciones 
incomparablemente mayores. El imperialismo impuso 
a las mencionadas naciones su sistema. Dos 
quedaron rezagadas; la otra avanzó mucho más.

De Corea del Sur apenas emigran a Occidente; de 
México, lo hacen en masa hacia el actual 
territorio de Estados Unidos; de Brasil, 
Suramérica y Centroamérica, a todas partes, 
atraídos por la necesidad de empleo y la 
propaganda consumista. Ahora los retribuyen con 
normas rigurosas y despectivas.

La posición de principios sobre las armas 
nucleares suscrita por Cuba en el Movimiento de 
Países No Alineados, ratificada en la Conferencia 
Cumbre de La Habana en agosto de 2006, es conocida.

Saludé por primera vez al actual líder de la 
República Popular Democrática de Corea, Kim Jong 
Il, cuando arribé al aeropuerto de Pyongyang y él 
estaba discretamente situado a un lado de la 
alfombra roja cerca de su padre. Cuba mantiene 
con su gobierno excelentes relaciones.

Al desaparecer la URSS y el campo socialista, la 
República Popular Democrática de Corea perdió 
importantes mercados y fuentes de suministros de 
petróleo, materias primas y equipos. Al igual que 
para nosotros, las consecuencias fueron muy 
duras. El progreso alcanzado con grandes 
sacrificios se vio amenazado. A pesar de eso, 
mostraron la capacidad de producir el arma nuclear.

Cuando se produjo hace alrededor de un año el 
ensayo pertinente, le transmitimos al Gobierno de 
Corea del Norte nuestros puntos de vista sobre el 
daño que ello podía ocasionar a los países pobres 
del Tercer Mundo que libraban una lucha desigual 
y difícil contra los planes del imperialismo en 
una hora decisiva para el mundo. Tal vez no fuera 
necesario hacerlo. Kim Jong Il, llegado a ese 
punto, había decidido de antemano lo que debía 
hacer, tomando en cuenta los factores geográficos y estratégicos de la región.

Nos satisface la declaración de Corea del Norte 
sobre la disposición de suspender su programa de 
armas nucleares. Esto no tiene nada que ver con 
los crímenes y chantajes de Bush, que ahora se 
jacta de la declaración coreana como éxito de su 
política de genocidio. El gesto de Corea del 
Norte no era para el gobierno de Estados Unidos, 
ante el cual no cedió nunca, sino para China, 
país vecino y amigo, cuya seguridad y desarrollo es vital para los dos Estados.

A los países del Tercer Mundo les interesa la 
amistad y cooperación entre China y ambas partes 
de Corea, cuya unión no tiene que ser 
necesariamente una a costa de la otra, como 
ocurrió en Alemania, hoy aliada de Estados Unidos 
en la OTAN. Paso a paso, sin prisa pero sin 
tregua, como corresponde a su cultura y a su 
historia, seguirán tejiéndose los lazos que 
unirán a las dos Coreas. Con la del Sur 
desarrollamos progresivamente nuestros vínculos; 
con la del Norte han existido siempre y continuaremos fortaleciéndolos.

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