[Noalca-l] La Otra Colombia

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Jue Oct 30 08:24:40 CST 2008


*LA OTRA COLOMBIA*

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Raúl Zibechi, La Jornada, México, octubre 24 de 2008

 

"Algo nuevo se está cocinando en el país", dice Alfredo Molano, 
periodista y sociólogo perseguido por el régimen uribista por decir lo 
que ve y vocear lo que sienten millones de colombianos para quienes los 
medios están cerrados. No lo dice en un despacho cerrado, sino a cielo 
abierto en el Foro de la Solidaridad en Moravia, barrio pobre de 
Medellín construido sobre una enorme montaña de basura que los 
desplazados por las sucesivas guerras convirtieron en trama urbana, 
periférica y resistente, con base en una impresionante red de solidaridades.

 

Lo nuevo es la amplitud, extensión y profundidad de la protesta, y sobre 
todo la confluencia de actores que están colocando contra las cuerdas al 
gobierno de Álvaro Uribe. Los paros más destacados por los medios son 
los del sector público por salario, como el de los judiciales, que llevó 
al gobierno a decretar el estado de "conmoción interior". Luego 
siguieron los funcionarios del sistema electoral (Registraduría), los 
maestros, los camioneros y otros servidores públicos que ven sus 
salarios diezmados por el incesante aumento de precios. Sin embargo, lo 
que más desvela a los poderosos es la confluencia del abajo.

 

El 15 de septiembre pasado se inició la huelga de 10 mil corteros de 
caña de azúcar que ocupan ocho ingenios de Valle del Cauca, quienes 
trabajan a destajo y en condiciones feudales. Los corteros, casi todos 
afrocolombianos, se levantan a las cuatro de la madrugada, trabajan de 
seis de la mañana a cinco de la tarde bajo un sol que lastima y llegan 
sobre las ocho de la noche a su casa, luego de dar 5 mil 400 golpes de 
machete e inhalar humo de la quema de caña y el glifosato usado en las 
plantaciones. Ganan poco más del salario mínimo, pagan de su bolsillo la 
seguridad social, las herramientas, la ropa de trabajo y el transporte 
hasta el cañaveral. Al atarceder, se ven espigadas siluetas morenas al 
borde de la Panamericana, entre Cali y Popayán, tambaleándose como 
zombis luego de una jornada laboral criminal.

 

La huelga de los más pobres sorprendió a todos, tanto por su duración 
como por el macizo seguimiento de los agrupados en el sindicato 
Sinalcorteros. Para el gobierno y la Asociación de Cultivadores de Caña 
de Azúcar la huelga es un problema, ya que obligó a importar azúcar de 
Ecuador y Bolivia, paralizó la producción de etanol y elevó el precio de 
la gasolina, porque de los brazos destrozados de los corteros sale el 
etanol para sus coches. Quizá por eso el ministro de Protección Social 
(ironía de los de arriba) dijo en el parlamento que la huelga no es un 
problema social, sino una protesta de delincuentes, y acusó a los 
corteros de estar infiltrados por las FARC.

 

Los corteros piden ser contratados directamente por la empresa, porque 
ahora se les obliga a ingresar en cooperativas que son bolsas de trabajo 
para abaratar salarios; que se les paguen los días perdidos por paradas 
de las empresas, así como los que deben asistir al médico, ya que los 
accidentes laborales incapacitan a 200 corteros cada año. Exigen, 
además, que se eliminen las básculas móviles que pesan a favor del 
patrón, que se quiten las máquinas que hacen el trabajo de 150 corteros, 
y un aumento salarial de 30 por ciento.

 

En los 516 años de resistencia, el 12 de octubre pasado comenzó la Minga 
de los Pueblos que retoma las decisiones del primer Congreso Itinerante 
de los Pueblos por la Vida, la Alegría, la Justicia, la Libertad y la 
Autonomía, realizado en septiembre de 2004 y del que surgió el Mandato 
Indígena y Popular que contempla: rechazo al TLC, un tratado "entre 
patrones y contra los pueblos"; derogación de las reformas 
constitucionales que someten a los pueblos a la exclusión y la muerte; 
"no más terror del Plan Colombia (…) que infesta nuestros territorios y 
los siembra de muerte y desplazamiento"; cumplimiento del Estado a los 
acuerdos a raíz de la masacre del Nilo en 1991, donde fueron asesinados 
20 nasas; y construir la Agenda de los Pueblos, que surja de "compartir 
y sentir el dolor de otros pueblos y procesos".

 

La Minga, trabajo colectivo en el mundo andino, comenzó al borde de la 
carretera Panamericana, donde unos 10 mil indígenas, sobre todo nasas 
agrupados en el CRIC (Consejo Regional Indígena del Cauca) y en la ACIN 
(Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca), instalaron un 
territorio de Paz, Convivencia y Diálogo en el municipio La María 
Piendamó. Cortaron la ruta y fueron brutalmente atacados por las fuerzas 
armadas, lo que dejó un saldo de dos muertos y 90 heridos, la mayor 
parte por bala. La violencia no consiguió desalojarlos, pero concitaron 
el apoyo de toda la Colombia de abajo.

 

Fracasada la negociación con las autoridades, la Minga se puso en marcha 
hacia Cali, donde 12 mil indios escolatados por su guardia indígena, a 
los que se vienen sumando los corteros y otros trabajadores agrupados en 
la CUT, llegarán el lunes 27 a la tercera ciudad del país luego de 
recorrer 100 kilómetros por la rica llanura tapizada de cañaverales. Lo 
más trascendente es que la Minga de los Pueblos se está convirtiendo en 
una articulación de los de abajo sin aparatos burocráticos, encuentro 
abajo y en la lucha, confluencia entre múltiples torrentes que están 
empezando a formar el enorme cauce de la Otra Colombia. Uno de ellos fue 
el paro nacional convocado por la CUT para ayer jueves.

 

El memorial de agravios es impresionante. Sólo los indígenas denuncian 
que en los seis años de gobierno de Uribe asesinaron a mil 243 indios de 
las más de 100 etnias existentes en Colombia y 54 mil fueron expulsados 
de sus territorios. En los últimos 15 días ya son 19 asesinados. "Todos 
somos corteros, todos somos indígenas", reza un comunicado de ACIN. La 
larga experiencia del pueblo nasa les dice que "ningún sector actuando 
solo puede enfrentar la agenda de explotación y sometimiento de quienes 
desde el régimen la van implementando".

 

La Minga es el modo en que los de abajo han decidido "concertar la 
palabra y convertirla en camino". Es apenas el primer paso. Pero el que 
marca el rumbo y deja huella.

 

 




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