[Noalca-l] CRISIS ECONÓMICA GLOBAL: ¿HASTA CUÁNDO ?, ¿HASTA DÓNDE? por Osvaldo Martínez
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Lun Mayo 4 13:51:37 CDT 2009
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CRISIS ECONÓMICA GLOBAL: ¿HASTA CUÁNDO?, ¿HASTA DÓNDE?
por Osvaldo Martínez
(Osvaldo Martínez, Diputado de la Asamblea Nacional de Cuba, y presidente de
la Comisión de Asuntos Económicos de la Asamblea Nacional. Director del
Centro de investigaciones de la Economia Mundial.)
A partir del verano de 2008 la crisis económica capitalista ha avanzado con
rapidez desde una crisis sectorial de valores inmobiliarios en Estados
Unidos, que devino poco después crisis financiera en ese país, para
extenderse de inmediato a todo el mercado financiero globalizado y por
último, revelarse como la crisis económica global que hoy envuelve a la
economía real y hace sentir sus efectos a escala mundial.
En ese turbulento período inferior a un año fueron derrumbándose varias
falacias que habían adquirido valor de supuesta ciencia en los largos años
de esplendor del Consenso de Washington, la desregulación y el estado
considerado el villano de la economía siempre que interviniera en ella. No
pocos neoliberales doctrinarios de ayer, son hoy críticos de la
desregulación y se han pasado a las filas de los keynesianos partidarios de
la regulación estatal. La retórica del mercado "libre" ha sido sustituida
por la retórica del mercado regulado, pero poco o nada se ha regulado.
La crisis es ya la más profunda desde la ocurrida en los años 30 y
probablemente pueda hablarse ya de una depresión en curso, que sería la
etapa más cruda de ella y estaría caracterizada no sólo por el desplome de
valores financieros, sino por la paralización del crédito, la caída del
comercio mundial, el descenso de la producción industrial, la merma en las
ventas y el aumento alarmante del desempleo, que en Estados Unidos está
devorando más de 600 mil puestos de trabajo cada mes. Y se dibuja en el
horizonte la tendencia que podría marcar su máxima intensidad: la deflación.
Hasta ahora, la crisis ha alcanzado una intensidad tal que arrasó las
versiones tranquilizadoras emitidas por el Fondo Monetario Internacional
cuando aseguraba que ella sería breve y de escasa intensidad. Descenso de
6,3% en el PIB de Estados Unidos, de 4% en Europa y 10% en Japón en el
primer trimestre de 2009, disminución del comercio mundial, acelerado
aumento del desempleo que alcanza 8,5% en Estados Unidos y hasta 15% en
España, caída en la producción industrial que tiene como símbolo la
postración de General Motors, Ford, Chrysler, son algunos de los indicadores
que ilustran su gravedad y su carácter global.
Dos preguntas centrales se plantean gobiernos, empresarios, sindicatos y
personas de cualquier país ante ese proceso que va abarcando y golpeando a
todos: ¿cuánto durará la crisis? Y ¿hasta dónde llegará su intensidad?
La primera pregunta ha recibido variadas respuestas, algunas de valor nulo
por su evidente intención de tranquilizar, en un remedo de la orquesta del
Titanic lanzando alegres notas mientras bajaban los escasos botes de
salvamento. Un ejemplo es la opinión de Ben Bernanke, el Presidente de la
Reserva Federal de Estados Unidos, al decir que la crisis se resolverá en
2009 y el año próximo todo volverá a marchar igual.
El Fondo Monetario Internacional, esa calamidad global que el G-20
pretende erigir en baluarte y salvadora de la economía mundial, ha hecho
piruetas con sus pronósticos. A principios de 2008 decía que no habría
crisis y que la economía mundial, actuando como casino de juego global,
continuaría con buena salud. En noviembre de 2008, con la crisis ya en
curso, pronosticó un crecimiento mundial de 2,2% en 2009. En enero de 2009
lo redujo al 0,5% y en marzo admitió que sería negativo, en un alarde de
consistencia y exactitud.
La realidad es que el FMI, el Banco Mundial, la OCDE ni fueron capaces de
pronosticar la crisis que era ya inminente y evidente, ni saben ahora cuánto
podrá durar y hasta dónde podrá llegar su intensidad.
No lo pueden saber por tres razones esenciales: no entienden la etiología de
la crisis y al no tener la comprensión de sus causas profundas es imposible
aplicar la terapia adecuada, pero además esta crisis no es otra igual a las
anteriores, sino mucho más compleja, y por último, la desregulación
neoliberal creó un monstruo especulativo tan gigantesco en su tamaño como
experto en ocultarse, que hoy nadie es capaz de cuantificar con exactitud el
monto de valores "tóxicos" que circulan por los entresijos del mercado
financiero globalizado.
Los planes de rescate
Los diversos planes de rescate norteamericanos, europeos y japoneses,
puestos en práctica unos tras otros durante el último medio año han
movilizado cifras en apariencia enormes (no menos de 8 billones de dólares),
pero sus resultados han sido nulos como freno para la crisis y en cambio,
han revelado al desnudo la inmensa hipocresía de negar cifras ínfimas para
la ayuda al desarrollo -como la solicitud de la FAO por 30 mil millones de
dólares para resolver los problemas de la agricultura en el Tercer Mundo- y
destinar sumas enormes para salvar la estructura financiera que se ha
desplomado.
Esos planes de rescate en apariencia formidables, pero inefectivos hasta el
momento, lo son debido a su insuficiencia cuantitativa y aun más por su
vicio de origen dado por el compromiso con los oligarcas financieros
quebrados, más que con los desempleados, los amenazados de desalojo de sus
hogares, la gente común que sufre la crisis.
El keynesianismo, al cual ahora todos se adhieren de palabra, tiene una
fórmula para situaciones como ésta: aumentar el gasto público en actividades
que generan o conservan empleos, para suplir la caída del sector privado y
así estimular la demanda solvente para sacar a la economía del colapso.
Pero, el grueso del gasto público destinado a los planes de rescate no ha
ido a estos fines, sino a salvar a las instituciones y los personajes que
protagonizaron la debacle especulativa.
Las cifras comprometidas en los planes de rescate son pequeñas en relación
con el tamaño gigantesco que alcanzó la masa de productos financieros
moviéndose por el mercado financiero globalizado. Según algunos autores esa
masa alcanza los 600 billones y otros la estiman en hasta mil billones y la
pregunta sin respuesta es cuánto de esas fabulosas cifras representan
valores "tóxicos", carentes de respaldo real, incobrables. Y la capacidad de
los gobiernos de Estados Unidos, Europa y Japón para continuar expandiendo
el gasto en nuevos planes de rescate ni es infinita, ni es inofensiva para
esos países.
Los planes de rescate planteados antes de la Cumbre del G-20 en Londres se
caracterizaron por inyectar liquidez a los bancos e instituciones financiera
golpeadas por la crisis, para restablecer el crédito, pero en la práctica,
aquellos lo que hicieron fue utilizar el dinero público para mejorar sus
estados financieros, para repartir escandalosas regalías a ejecutivos en
pago por su fracaso o en comprar y absorber otros bancos en situación más
precaria aun, pero el crédito no se restableció.
En Europa se ha aplicado alguna nacionalización parcial de bancos en crisis,
pero en Estados Unidos ni Bush ni tampoco Obama aceptaron siquiera alguna
forma de nacionalización parcial, alegando el gobierno Obama que tal acción
era rechazada por la cultura política estadounidense. El resultado hasta
ahora ha sido la entrega sin control a la oligarquía financiera privada de
grandes montos de dinero, sin lograr que el crédito fluya de nuevo.
Ese compromiso esencial con los intereses oligárquicos se refleja en el más
reciente plan de rescate de Obama. En él se asume que los activos "tóxicos"
o incobrables reflejados en los estados financieros, valen mucho más de lo
que el mercado está dispuesto a pagar por ellos ahora, y que si pudieran
alcanzar su verdadero valor, los bancos no tendrían problemas y todo
volvería a la normalidad de precrisis. Entonces, el plan es utilizar el
gasto público para empujar al alza el precio de los activos incobrables
hasta que alcancen su "verdadero valor". En época de Bush el gobierno debía
comprar directamente los activos. En época de Obama el procedimiento se hace
más complejo aunque igualmente encaminado a favorecer a los especuladores
fracasados, mediante la acción del gobierno prestando dinero a
inversionistas privados para que a su vez compren dichos activos y de ese
modo, utilizar el dictamen infalible del mercado para hacer justicia al
valor de los activos depreciados.
Pero, este aparente recurso a la experiencia del mercado no es más que un
subterfugio para hacer que los afortunados inversionistas no sólo reciban el
préstamo, sino que siempre ganen, pues el plan establece que si el valor de
los activos aumenta, aquellos se benefician, pero si no lo hacen, el
gobierno asume la pérdida, por lo que no se trata de otra cosa más que
subsidiar la compra de activos incobrables, asegurándole a los voraces
tiburones financieros una ganancia financiada con el dinero de los
contribuyentes.
Muchos millones de personas afectadas por la crisis económica en cualquier
lugar del planeta, se preguntan de dónde sale el dinero para nutrir estos
planes de rescate y si ellos pueden continuar aumentando en una danza de
billones y billones de dólares en tanto crecen el desempleo, la pobreza, el
hambre.
Estados Unidos, el país donde detonó la crisis y el de mayor responsabilidad
en los desequilibrios y las políticas que contribuyeron a desatarla, se vale
de tres vías para lanzar dinero en los planes de rescate. Una de ellas es la
impresión de mayor cantidad de dólares, aprovechando el privilegio de que su
moneda nacional sea también moneda de reserva internacional. Es lanzar
papeles a la circulación para atender el corto plazo, sin pensar mucho en
los efectos que a mediano y largo plazo esto tendrá.
Desde marzo de 2006 la Reserva Federal de Estados Unidos no publica la cifra
de dólares que circulan en forma de billetes, monedas y depósitos a la
vista, lo cual pretende esconder el crecimiento acelerado de la masa de
dólares en circulación. Según informaciones del Fondo Monetario
Internacional, sólo en los tres últimos meses de 2008 la Reserva Federal
ordenó imprimir 600 mil millones de dólares nuevos. Esto no es un elástico
que se pueda alargar sin límites. La emisión alegre de dólares mientras la
economía norteamericana cae, los planes de rescate que comprometen sumas que
en buena parte no retornarán al Tesoro, el crecimiento desmesurado del
déficit presupuestal que se estima alcanzará 1,7 billones de dólares en
2008-2009 (12,3% del PIB), minan la escasa confianza todavía existente
respecto al dólar. No es necesario ser experto en finanzas para comprender
que emitir billetes sin respaldo en crecimiento productivo, conduce a la
depreciación de cualquier moneda.
La Reserva Federal de Estados Unidos no crea más valor imprimiendo billetes
sin respaldo en fortaleza efectiva de su economía, sino que reduce el valor
real de ellos, de la misma forma en que no es posible multiplicar los panes
sin pasar por la panadería.
Otra vía para echar dinero en planes de rescate es el mayor endeudamiento
externo de Estados Unidos mediante la colocación de bonos y otros títulos de
deuda, que a la postre debilitan y hacen más dependiente a esa economía.
Una tercera vía es el cobro de impuestos a los ciudadanos norteamericanos o
la renuncia a gastos públicos que significan ingresos para la población como
la salud, la educación y las pensiones.
Los planes de rescate no han sido efectivos en su objetivo principal de
frenar la crisis y tampoco son inocuos para el capitalismo en crisis, además
del desgaste de credibilidad que implica el anuncio solemne de sucesivos
planes salvadores que fracasan uno tras otro.
Misión imposible: el FMI como salvador de la crisis
La Cumbre del G-20 en Londres agregó otra pieza de convicción para entender
cómo la desorientación guía las decisiones de los principales gobiernos que
proclaman enfrentar la crisis y aseguran poder vencerla. De esa Cumbre
sobresalen dos resultados: la resurrección del Fondo Monetario Internacional
y el planteo de una nueva retórica "regulacionista" que contrasta con la
anterior retórica del "libre mercado" y convierte en keynesianos reales o
aparentes incluso a los ayer neoliberales. Hasta ahora esa nueva retórica no
ha aportado ninguna regulación coherente más allá del proteccionismo
comercial y financiero expresado en comprar sólo a empresas nacionales y
darle crédito sólo a ellas.
El papel central concedido al Fondo Monetario Internacional es el intento de
revivir un cadáver y no cualquier cadáver, sino al peor de ellos. Es
insensato triplicar los recursos manejados por el FMI y convertir a esta
desprestigiada institución en centro ejecutor de un supuesto plan concertado
entre los grandes de la globalización, para sacar a la economía mundial de
la crisis.
Esa institución es el símbolo mayor de la política de ajuste neoliberal, de
la ortodoxia monetarista más estrecha y de la rigidez doctrinal ante el
desarrollo de los países pobres y el manejo de crisis económicas.
En América Latina su nombre se asocia a la "década perdida" de los años 80,
a la crisis de la deuda externa y la imposición del ajuste neoliberal para
sacrificar el desarrollo al pago de la deuda y establecer el neoliberalismo
como triste lastre en casi toda la región.
En los años de la crisis asiática (1997-98) el FMI desempeñó un destacado
papel en agravar la crisis al eliminar las restricciones a los movimientos
de capitales especulativos, colocar erróneamente a la inflación como el
problema a resolver, recortar el gasto público necesario para compensar la
caída y entregar miles de millones de dólares no al rescate de las economías
en crisis, sino a tapar las pérdidas de empresas financieras de países
desarrollados.
Nada ha cambiado en esencia en el FMI, bien conocido por sus gruesos errores
de política y su reaccionaria ideología. Los acuerdos con el FMI siguen
teniendo como base la contracción del gasto público, el aumento de la tasa
de interés y la reducción salarial; recetas todas venenosas en un contexto
de crisis global.
Hasta la absurda decisión revitalizadora del G-20, el FMI se encontraba
agonizando, bajo la influencia de una triple crisis: institucional, de
financiamiento y de pensamiento.
La crisis institucional era evidente en la renuncia el pasado año del
español Rodrigo Rato como director gerente, en una acción entendida como el
abandono de un barco que se hunde.
La crisis de financiamiento era grave y se basaba en que varios
países -hastiados de la condicionalidad y rigidez del FMI- decidieron
liquidar sus deudas con esa institución y no aceptar nuevos préstamos de
ella. Venezuela, Argentina, Brasil, Tailandia, Indonesia lo hicieron y otros
países prefirieron no contraer nuevas deudas con el Fondo.
Esto provocó una crisis financiera a la institución, pues sus ingresos
dependen del cobro del servicio de sus préstamos y debe sostener una
abultada nómina de miles de bien pagados empleados, comenzando por su
director gerente que gana medio millón de dólares libres de impuestos al
año.
La crisis de pensamiento es la crisis del neoliberalismo, que en el FMI
adquiere la forma extrema de ortodoxia monetarista.
Es a esta institución fallida, absolutamente antidemocrática, donde Estados
Unidos tiene poder de veto en las decisiones, donde dos terceras partes de
los puestos del Directorio permanecen invariables en manos de
norteamericanos y europeos, a la que el G-20 asigna el papel central en el
plan para dejar atrás la crisis económica global.
Alguna prensa y algunos pocos economistas exaltados han presentado a la
reunión del G-20 en Londres como un "nuevo Bretton Woods", pero hay grandes
distancias entre aquella reunión que en julio de 1944 intentó diseñar con
cierta seriedad el funcionamiento de la economía mundial de posguerra y la
apresurada e insustancial reunión en Londres.
En Bretton Woods, aun en plena guerra mundial, se reunieron 44 países, que
no eran pocos, teniendo en cuenta que la cantidad de países soberanos era
entonces muy inferior porque no había ocurrido la descolonización de las
décadas siguientes. Allí los representantes de gobiernos sesionaron durante
21 días de complejos debates que llevaron al surgimiento de nuevas
instituciones multilaterales y reglas para el funcionamiento del mundo de
posguerra.
En Londres se reunieron 20 países que pretenden tomar decisiones cerradas
sobre asuntos que afectan a los 192 gobiernos representados en la Asamblea
General de Naciones Unidas, y apenas sesionaron unas pocas horas sin otro
resultado que darle respiración artificial a una anquilosada institución
como el FMI.
Mientras tanto, la crisis continúa su curso destructor. A fines de marzo
Obama creyó encontrar "ligeros signos de mejoría" al disminuir levemente
los pedidos de subsidio por desempleo, pero los datos dados a conocer en la
primera semana de abril sobre la disminución de las ventas minoristas en la
economía de Estados Unidos, altamente dependiente del consumo, borraron la
pequeña luz de esperanza y trajeron de nuevo la dura realidad de una crisis
que no revela hasta cuándo podrá durar y hasta dónde alcanzará su
intensidad.
Comienza a perfilarse en la realidad económica de Estados Unidos una
peligrosa combinación de factores que podrían marcar una fase más aguda aun:
es la combinación de la paralización del crédito, y la disminución de la
demanda solvente que puede abrir paso a la deflación, esto es, al descenso
generalizado de todos los precios en una espiral depresiva que en la crisis
de los años 30 significó la mayor intensidad y crudeza de ella.
En ese país se está acumulando una gran masa de dinero por vía de la emisión
y el crecimiento de un enorme déficit fiscal, en tanto que el crédito
continúa paralizado. Los bancos no dan crédito y ciertas empresas todavía no
en quiebra tampoco quieren pedirlo, porque ante la desaparición de la
ganancia y el recorte de la demanda solvente, no se sienten estimuladas a
producir y prefieren atesorar o congelar el capital en forma dinero, en una
actitud de espera. Algo similar ocurre a nivel individual, pues los
consumidores que aun conservan sus ingresos, no quieren endeudarse para
nuevas compras, prefieren ahorrar lo que antes gastaban con creces y el
resultado es una caída generalizada de la demanda y la deflación
consiguiente.
Esa deflación no significaría ventajas para los trabajadores por la
reducción de los precios de sus medios de vida, porque el descenso incluye
sus salarios, los que generalmente caen con mayor velocidad.
La crisis de 1929-33 duró cuatro años, aunque en rigor, diez años después,
en 1939, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial no se habían recuperado
del todo los niveles de actividad económica de 1928. Solo la destrucción
ocasionada por la guerra y la posterior reconstrucción, fueron capaces de
dejar atrás la crisis. La actual recesión no tiene que seguir el mismo
patrón de duración, pero la historia sirve para refutar a los que siguen
sosteniendo que en unos meses todo volverá a ser como antes.
Es mucho más complicado pronosticar el curso de una gran crisis económica
capitalista, que el curso de un huracán tropical. No existen radares,
barómetros o modelos matemáticos que abarquen la enorme complejidad de este
fenómeno en el cual convergen y estallan las contradicciones de fondo del
capitalismo, las políticas económicas que las agravan, las suicida agresión
que el lucro del capital le hace al medio ambiente global, en el vórtice de
una crisis que no es una más, sino la más grave de todas.
Ella es destructora, pero también puede ser creadora, si los humanos la
aprovechan no simplemente para salir de ella, sino para salir del
capitalismo que las engendra.
La crisis económica global y Cuba
La crisis económica global que se abate sobre el mundo no es una crisis de
la economía cubana, pero nuestro país no puede evitar el impacto de ella
sobre nuestra realidad.
En una economía mundial altamente globalizada, un pequeño país
económicamente subdesarrollado como el nuestro se ve afectado por esta
crisis, aunque no tengamos responsabilidad alguna en su generación en las
entrañas del sistema capitalista, ni en las políticas económicas que la han
precipitado y agravado.
Su influjo abarca a todos los países sin excepción, como una de las injustas
características estructurales de la economía mundial de nuestros días, en la
que funciona un mercado mundial financiero y comercial que entrelaza a todos
los países como la tela de una araña.
Como toda gran crisis económica capitalista, ésta provoca destrucción de
fuerzas productivas, ruina, desempleo a nivel global, y su impacto es mayor
allí donde las leyes del mercado funcionan con crudeza no atenuada por la
voluntad política de proteger a la población y reducir el impacto sobre
ella.
Hasta el momento, el descenso del precio del níquel -nuestra principal
exportación de bienes- es el efecto más significativo. Este descenso de
precios se debe a la influencia de la crisis global sobre la economía real
de los países industrializados, en especial la disminución de la demanda de
producciones industriales que utilizan el níquel como componente.
Similares tendencias al descenso de precios de exportación podrían
currir -en la medida que la crisis vaya ganando en extensión- por la caída
de la demanda en productos como tabaco, ron y productos de la pesca e
igualmente el turismo puede descender como resultado de la tendencia a
disminuir el gasto familiar que se manifiesta en situaciones de crisis
económicas que afectan el empleo y el ingreso o amenazan con hacerlo.
También se ha producido un descenso marcado en el precio del petróleo, el
que llegó a alcanzar 147 dólares el barril en el pasado año 2008, pero que
ahora ha caído por debajo de 50 dólares, a pesar de los recortes en la
producción efectuados por la OPEP. Como país importador neto de petróleo,
Cuba reduce con esto su factura petrolera, pero la caída del precio del
petróleo es un factor desfavorable para la República Bolivariana de
Venezuela, importante aliado estratégico de nuestro país.
La crisis global tiende a provocar también contracción del crédito en las
relaciones económicas internacionales y manifestación de políticas
proteccionistas que levantan barreras para el ingreso a mercados de
productos de exportación. Tales tendencias forman parte de la lógica
destructiva de una gran crisis capitalista y no puede desconocerse su
posible intensificación.
Para el Tercer Mundo, en especial para los países más pobres y también para
amplios sectores de asalariados, de empleados y pequeños empresarios en
países desarrollados, la crisis económica es una tragedia que conmociona sus
vidas.
En Cuba, contamos con nuestro avanzado sistema de seguridad y asistencia
social, con una cohesión social interna superior a otros países y en
especial, con un sistema político y un gobierno que dedica todo su esfuerzo
a reducir el impacto de la crisis económica y hacer que éste sea compartido
en términos de equidad social y de protección a los más vulnerables.
La crisis puede ser también una oportunidad para avances en la lucha
anticapitalista, si se aprovechan por las fuerzas políticas el descrédito y
desgaste que para el sistema implica la quiebra económica, la falsedad de
su discurso prometedor de riquezas, la reiteración de crisis periódicas que
destruyen fuerzas productivas y que ahora se funden con muy peligrosas
tendencias a la destrucción de las condiciones para la vida en el planeta.
Puede ser ella también un factor favorable para el avance de la integración
latinoamericana y caribeña como defensa regional frente a la crisis que
desde Estados Unidos y las economías desarrolladas, se exporta a la región.
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