[Prensacampo-l] Comer o comernos

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Lun Mayo 19 15:42:27 CDT 2008


La jornada 19 de Mayo de 2008

Gustavo Esteva
gustavoesteva en gmail.com <mailto:gustavoesteva en gmail.com>

Comer o comernos

Las reacciones ante la “crisis” alimentaria pueden traer remedios peores 
que la enfermedad. Piden peras al olmo o encargan al lobo los corderos.

Se dice que calamidades naturales, derivadas del cambio climático, 
propiciaron la crisis. Pero no hay falta absoluta de alimentos, tras la 
cosecha más alta de la historia. Igualmente, no puede atribuirse al alza 
de precios que la mitad de la población del mundo carezca de comida 
suficiente. Y necesitamos preguntarnos por qué se considera “crisis” que 
los precios regresen al nivel que tenían hace 10 años.

El caso del arroz ilustra bien lo que ocurre. Japón produjo en 2007 más 
del que necesita, gracias a fuertes subsidios, pero importó 770 mil 
toneladas para cumplir una obligación impuesta por la Organización 
Mundial de Comercio. Mientras sus consumidores pagan hasta cuatro veces 
el precio internacional, Japón almacena ese arroz, la mitad del cual 
adquirió en California (cuyo gobierno subsidia la operación), mientras 
los precios se elevan, Wal-Mart lo raciona y millones de personas no 
pueden adquirir su principal alimento.

Hasta los años 60, eran “subdesarrollados” los países que exportaban 
alimentos y materias primas e importaban productos manufacturados. 
Exigían continuamente que aumentaran los precios de lo que vendían. Hoy 
exigen lo contrario. Casi todos son importadores netos de alimentos, 
mientras Estados Unidos, Canadá y Europa los exportan en grandes cantidades.

En 1974, ante algo muy semejante a lo de ahora, el secretario 
estadunidense de Agricultura Earl Butz anunció que su gobierno emplearía 
los alimentos como arma política. Por el hambre en el mundo se 
justificaron abultados subsidios al agronegocio. De nada sirvió que 
Lappé y Collins demostraran que la ayuda alimentaria agudiza el hambre y 
Amartya Sen que todos los países que sufrían grandes hambrunas seguían 
exportando alimentos mientras sus ciudadanos morían de hambre. Se 
mantuvo el prejuicio: Estados Unidos y Europa deberían mantener 
restricciones comerciales y subsidios, con el pretexto de combatir el 
hambre.

En los últimos años aumentó la presión interna y externa para eliminar 
esas barreras comerciales. India y Brasil encabezaron en Cancún el 
movimiento que lo exigió como condición para continuar negociaciones 
comerciales. Bastaron unos meses de campaña para dar un vuelco al clima 
de la opinión. ¿Quién se atreverá ahora a suprimir esos subsidios? No 
parece importar que 68 por ciento de ellos, en Estados Unidos, vaya a 
parar al 10 por ciento de los productores y finalmente a las bolsas de 
las cuatro corporaciones que controlan 80 por ciento del comercio 
mundial de alimentos, cuyas ganancias recientes aumentaron casi al ritmo 
de los precios. Tampoco influye el conocimiento de que los movimientos 
especulativos de los fondos de inversión, que controlan ya 40 por ciento 
de los contratos de futuros de la bolsa de Chicago, estimulen el alza de 
precios de alimentos y petróleo.

En los años 80 Estados Unidos y las instituciones internacionales 
desalentaron la búsqueda de la autosuficiencia alimentaria en los países 
“subdesarrollados” y exigieron que desmantelaran sus protecciones. 
Muchos de ellos las levantan de nuevo, para proteger lo que queda de sus 
sistemas alimentarios y enfrentar las revueltas asociadas con los 
alimentos que este año estallaron en 22 países.

El cambio de pautas alimentarias en países como China e India presiona 
indudablemente la demanda de alimentos y los conduce a un callejón sin 
salida. Cada kilo de carne de res requiere ocho a 10 de cereales. La 
carne es la forma más ineficiente e injusta de obtener proteínas. Las 
vacas mexicanas consumen más alimentos que todos los campesinos; las 
estadunidenses arrojan más gases a la atmósfera que los automóviles y 
absorben buena parte de los cereales.

La locura del etanol es aún peor. Los granos que producen cien litros 
pueden alimentar a una persona por un año y la emisión de gases 
requerida para producirlo es mayor que la de la gasolina que sustituye.

La “crisis” hace evidente la insensatez suicida de la agricultura 
industrial, que emplea 10 calorías de energía fósil por cada caloría de 
energía alimentaria, causando daños inmensos al ambiente y la sociedad. 
Las tierras agrícolas del mundo deben dedicarse a producir alimentos 
para la gente, no para los automóviles o el ganado. Pero esto sólo podrá 
lograrse cuando queden de nuevo en manos de los campesinos, rescatando 
producción y consumo de las corporaciones que ahora los controlan, 
apoyadas por sus gobiernos.

Es criminalmente ingenuo esperar que gobiernos como el mexicano protejan 
a los campesinos, en vez de seguir tratando de expulsarlos del campo, y 
que abandonen su ciega subordinación al mercado y las corporaciones. 
Necesitamos aguantar a pie firme las consecuencias de saber que no 
podemos dejar los alimentos o el petróleo en las manos de este gobierno 
o este Congreso.



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