[Prensacampo-l] Seguridad alimentaria, abajo y a la izquierda
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Vie Mayo 23 12:44:47 CDT 2008
La jornada 23 de mayo de 2008
Raúl Zibechi
Seguridad alimentaria: abajo y a la izquierda
La crisis alimentaria en curso es uno de los mayores desafíos que
enfrentan los pobres del mundo, ya que pone a prueba tanto sus
movimientos sociales y políticos como sus formas de sobrevivencia. Como
se ha escrito en las últimas semanas, la feroz especulación con las
/commodities /es muestra palpable de la decadencia del capitalismo, que
ya sólo puede sobrevivir con base en la “acumulación por desposesión”.
Si el neoliberalismo es la guerra para apropiarse de los recursos
naturales o bienes comunes, la actual especulación con alimentos puede
comprenderse como una guerra contra la vida (de los pobres), una guerra
biopolítica por el dominio de los cuerpos.
Aunque los análisis más serios con que contamos aciertan en las causas
del alza de precios de los alimentos, no atinan sin embargo a la hora de
proponer soluciones. Éstas no vendrán de arriba. Un reciente artículo de
Aníbal Quijano (“Descolonialidad del poder: el horizonte alternativo”)
señala que “el capitalismo colonial/moderno ya no produce ni producirá
más empleo, salvo ‘precarizado’ y ‘flexibilizado’, ni más servicios
públicos, ni más libertades civiles”. Las alternativas no vendrán, por
lo tanto, ni de los estados ni de las instituciones y organismos
internacionales, cuyas acciones, a menudo espectaculares y mediáticas,
apenas ponen parches a situaciones puntuales pero nunca abordan
soluciones de fondo.
Para eso sería necesario, en primer lugar, dejar de considerar a los
alimentos como /commodities, /o sea como valores de cambio al servicio
de la acumulación de capital. Pero no existen instituciones capaces de
hacerlo, ya que se topan necesariamente con las multinacionales y los
gobiernos que las apoyan, entre ellas, claro, los llamados
“progresistas” del cono sur de Sudamérica. La seguridad alimentaria que
reclaman los pueblos, aparece en algunas prácticas de los de abajo, como
los Sin Tierra de Brasil y el neozapatismo de Chiapas, en línea con la
experiencia de millones de campesinos e indígenas que siguen cultivando
sus parcelas, diversas y heterogéneas. Para hacerlo resisten el avance
de los monocultivos y el militarismo, dos caras de un mismo proceso.
En las grandes ciudades, donde vive la mayor parte de la población de
nuestro continente, también avanzan alternativas a la crisis de los
alimentos. En las periferias de muchas ciudades latinoamericanas abundan
las huertas comunitarias y los cultivos de alimentos, familiares o
colectivos, que serán el camino a seguir por millones de pobres urbanos
a medida que se profundice lo que una vecina de Ciudad Bolívar, suburbio
de Bogotá, define como “guerra mundial por la comida”.
En uno de los barrios de esa gigantesca periferia urbana, llamado
Potosí, rodeado de cerros donde los paramilitares dictan su ley, unos 15
mil habitantes inventan formas de agricultura urbana. En sólo cinco años
han puesto en pie decenas de huertas en la escuela-comunidad Cerros del
Sur, epicentro del movimiento, en los terrenos baldíos del barrio, en
las propias viviendas y en las azoteas. La mayor funciona en el jardín
infantil, donde los vecinos se turnan en minga (trabajo comunitario
rotativo) para producir alimentos orgánicos que se vuelcan en el
restaurante comunitario, donde 400 niños eluden la desnutrición.
Los cultivos forman parte de un proyecto de bioseguridad alimentaria que
incluye también un mercado, inaugurado hace poco tiempo, donde los
campesinos acuden a vender directamente a los vecinos, sin pasar por los
intermediarios. El mercado quincenal es la forma visible de la alianza
rural-urbana, entre pequeños campesinos y productores y consumidores
urbanos, pero es también un espacio donde los pobres se relacionan entre
sí, instalan ollas comunitarias, bailan y cantan. Una imagen de mercado
similar a la que nos legó Fernand Braudel: el espacio de la vida
económica, transparente, de competencia controlada, el terreno de la
gente común y, por tanto, de beneficios exiguos. Este tipo de mercado ha
sido literalmente aplastado por el capitalismo, donde los monopolios
sustituyen la comunicación horizontal por el control vertical.
Uno de los mayores éxitos de las huertas de Potosí son los cultivos de
quinua, cereal andino altamente nutritivo que complementa la dieta
popular. Los vecinos se autoabastecen de quinua y crearon la Corporación
Comunitaria Delicias del Sur, que cosecha, envasa y comercializa el
producto. El mercado, situado en la plaza del barrio, es escenario de
canjes de semillas y de “rondas populares de negocios” en las que se
establecen acuerdos entre productores y consumidores populares, entre
ellos los comedores comunitarios de Ciudad Bolívar. Uno de los acuerdos
es potenciar el trueque, haciendo que cada productor destine 5 por
ciento de su producción al intercambio sin moneda, para que todos puedan
tener acceso a otros alimentos y productos.
La seguridad alimentaria forma parte de un proceso de construcción de
poder desde abajo. No es apenas una cuestión técnica o de difusión de
saberes, como pretenden las ONG. Por eso en Potosí han creado un consejo
comunal electivo y cuentan con decenas de coordinadoras de cuadra que
velan por la consolidación de la comunidad. Son espacios donde se toman
las decisiones del día a día y las que afectan a la comunidad a largo
plazo. Esa construcción de poder les ha permitido potenciar la
producción de valores de uso, antes confinados al espacio doméstico,
hasta convertirse en uno de los modos hegemónicos de producción en el
barrio.
Puede replicarse, con razón, que se trata de experiencias locales que
difícilmente pueden resolver problemas tan graves y vastos como la
crisis alimentaria. Sin embargo, conviene no olvidar que las grandes
transformaciones, como señaló el /subcomandante Marcos /en el Coloquio
Aubry en diciembre pasado, “no comienzan arriba ni con hechos
monumentales y épicos, sino con movimientos pequeños en su forma y que
aparecen como irrelevantes para el político y el analista de arriba”.
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