[Prensacampo-l] Como fabricar una crisis global
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Mar Mayo 27 12:01:22 CDT 2008
La jornada 27 de Mayo de 2008
Walden Bello** /I
Cómo fabricar una crisis global*
Cuando cientos de miles de personas se manifestaron en México el año
pasado contra un incremento al precio de la tortilla, muchos analistas
culparon a los biocombustibles. A causa de los subsidios del gobierno
estadunidense, los granjeros de ese país dedicaban más hectáreas al maíz
para etanol que para alimento, lo cual disparó los precios. Esta
desviación del uso del maíz fue sin duda una causa de la elevación de
precios, aunque probablemente la especulación de intermediarios con la
demanda de biocumbustible tuvo mayor influencia. Sin embargo, a muchos
se les escapó una pregunta interesante: ¿cómo es que los mexicanos, que
viven en la tierra donde se domesticó el maíz, han llegado a depender
del grano estadunidense?
*La erosión de la agricultura mexicana*
No puede entenderse la crisis alimentaria mexicana sin considerar que en
los años anteriores a la crisis de la tortilla la patria del maíz fue
convertida en una economía importadora de ese grano por las políticas de
“libre mercado” promovidas por el Fondo Monetario Internacional (FMI),
el Banco Mundial (BM) y Washington. El proceso comenzó con la crisis de
deuda de principios de la década de 1980. México, uno de los dos mayores
deudores del mundo en desarrollo, fue obligado a implorar dinero del
banco y del FMI para pagar el servicio de su deuda con bancos
comerciales internacionales. El precio de un rescate fue lo que un
miembro del consejo ejecutivo del BM describió como “intervencionismo
sin precedente”, diseñado para eliminar aranceles, reglamentaciones
estatales e instituciones gubernamentales de apoyo, que la doctrina
neoliberal identificaba como barreras a la eficiencia económica.
El pago de intereses se elevó de 19 por ciento del gasto federal total
en 1982 a 57 por ciento en 1988, en tanto el gasto de capital se
derrumbó de 19.3 a 4.4 por ciento. La contracción del gasto
gubernamental se tradujo en el desmantelamiento del crédito estatal, de
los insumos agrícolas subsidiados por el gobierno, los apoyos de precio,
los consejos estatales de comercialización y los servicios de extensión.
Este golpe a la agricultura campesina fue seguido por uno aún mayor en
1994, cuando entró en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del
Norte (TLCAN). Aunque dicho tratado consideraba una prórroga de 15 años
a la protección de productos agrícolas, entre ellos el maíz, pronto
comenzó a fluir maíz estadunidense altamente subsidiado, lo cual redujo
los precios a la mitad y hundió al sector maicero en una crisis crónica.
En gran medida a causa de ese acuerdo, México se ha consolidado como
importador neto de alimentos.
Con el cierre de la entidad gubernamental comercializadora de maíz, la
distribución de importaciones maiceras de Estados Unidos y del grano
nacional ha sido monopolizada por unas cuantas comercializadoras
trasnacionales, como Cargill. Eso les ha dado tremendo poder para
especular con las tendencias del mercado, de modo que pueden manipular y
magnificar muchas veces los movimientos de demanda de biocombustibles.
Al mismo tiempo, el control monopólico del comercio doméstico ha
asegurado que una elevación en los precios internacionales del maíz no
se traduzca en precios significativamente más altos a pagar a los
pequeños productores.
Cada vez resulta más difícil a los productores mexicanos de maíz eludir
el destino de muchos otros pequeños productores en sectores como arroz,
carne de res, pollo y cerdo, quienes se han venido abajo por las
ventajas concedidas por el TLCAN a los productos subsidiados
estadunidenses. Según un informe del Fondo Carnegie de 2003, las
importaciones agrícolas de EU han dejado sin trabajo a 1.3 millones de
campesinos, muchos de los cuales han emigrado al país del norte.
Las perspectivas no son buenas, pues el gobierno mexicano continúa en
manos de neoliberales que desmantelan sistemáticamente el sistema de
apoyo al campo.
*Creación de la crisis del arroz en Filipinas*
Que la crisis global de alimentos se origina en la restructuración de la
agricultura por el libre mercado resulta más claro en el caso del arroz.
A diferencia del maíz, menos de 10 por ciento de la producción mundial
de arroz se comercializa. Además, en el arroz no ha habido desviación
del consumo hacia los biocombustibles. Sin embargo, en este solo año los
precios se han triplicado, de 380 dólares por tonelada en enero a más de
mil dólares en abril. Sin duda, la inflación deriva en parte de la
especulación de los cárteles mayoristas en una época de existencias
escasas. Sin embargo, el mayor misterio es por qué varios países
consumidores de arroz que eran autosuficientes se han vuelto severamente
dependientes de las importaciones.
Filipinas ofrece un triste ejemplo de cómo la restructuración económica
neoliberal transforma un país de exportador neto a importador neto de
alimentos. Es el mayor importador mundial de arroz. El esfuerzo de
Manila por asegurarse provisiones a cualquier precio se ha vuelto nota
de primera plana, y las fotos de soldados que resguardan la distribución
del cereal en comunidades pobres se ha vuelto emblemática de la crisis
global.
Los trazos generales de la historia de Filpinas son similares a los de
México. El dictador Ferdinando Marcos fue culpable de muchos crímenes y
malos manejos, entre ellos no llevar adelante la reforma agraria, pero
no se le puede acusar de privar al sector agrícola de fondos
gubernamentales. Para paliar el descontento de los campesinos, el
régimen les otorgó fertilizantes y semillas subsidiadas, impulsó
mecanismos de crédito y construyó infraestructura rural. Durante los 14
años de su dictadura, sólo en uno, 1973, se tuvo que importar arroz
debido al extenso daño causado por tifones. Cuando Marcos huyó del país,
en 1986, había 900 mil toneladas métricas de arroz en los almacenes del
gobierno.
Paradójicamente, los siguientes años de gobierno democrático vieron
encogerse la capacidad de inversión gubernamental. El BM y el FMI,
actuando por cuenta de acreedores internacionales, presionaron al
gobierno de Corazón Aquino para que diera prioridad al pago de la deuda
externa, que ascendía a 26 mil millones de dólares. Aquino accedió,
aunque los economistas de su país le advirtieron que sería “inútil
buscar un programa de recuperación que sea consistente con el pago de la
deuda fijado por nuestros acreedores”.
Entre 1986 y 1993, entre 8 y 10 por ciento del PIB salió de Filipinas
cada año en pagos del servicio de la deuda. Los pagos de intereses en
proporción al gasto gubernamental se elevaron de 7 por ciento en 1980 a
28 por ciento en 1994; los gastos de capital cayeron de 26 a 16 por
ciento. En suma, el servicio de la deuda se volvió la prioridad del
presupuesto nacional.
El gasto en agricultura cayó a menos de la mitad. El BM y sus acólitos
locales no se preocupaban, porque un propósito del apretamiento del
cinturón era dejar que el sector privado invirtiera en el campo. Pero la
capacidad agrícola se erosionó con rapidez, el riego se estancó, y hacia
finales de la década de 1990 sólo 19 por ciento de la red caminera del
país estaba pavimentada, contra 82 por ciento en Tailandia y 75 por
ciento en Malasia. Las cosechas eran anémicas en general; el rendimiento
promedio de arroz era de 2.8 toneladas por hectárea, muy debajo de los
de China, Vietnam y Tailandia, donde los gobiernos promovían activamente
la producción rural. La reforma agraria languideció en la era posterior
a Marcos, privada de fondos para servicios de apoyo, que habían sido la
clave para las exitosas reformas de Taiwán y Corea del Sur.
Como en México, los campesinos filipinos enfrentaron la retirada en gran
escala del Estado como proveedor de apoyo. Y el recorte en programas
agrícolas fue seguido por la liberalización comercial; la entrada de
Filipinas en la Organización Mundial de Comercio (OMC) tuvo igual efecto
que la firma del TLCAN para México. La membresía en la OMC requería
eliminar cuotas en las importaciones agrícolas excepto arroz, y permitir
que cierta cantidad de cada producto ingresara con bajos aranceles. Si
bien se permitió al país mantener una cuota en importaciones de arroz,
tuvo que admitir el equivalente a entre uno y 4 por ciento del consumo
doméstico en los 10 años siguientes. De hecho, a causa del
debilitamiento de la producción derivado de la falta de apoyo oficial,
el gobierno importó mucho más que eso para compensar una posible
escasez. Esas importaciones, que se elevaron de 263 mil toneladas en
1995 a 2.1 millones en 1998, deprimieron el precio del cereal, lo cual
desalentó a los productores y mantuvo la producción a una tasa muy menor
a la de los dos principales proveedores del país, Tailandia y Vietnam.
Las consecuencias del ingreso de Filipinas a la OMC barrieron con el
resto de la agricultura como un tifón. Ante la invasión de importaciones
baratas de maíz, los campesinos redujeron la tierra dedicada a ese
cultivo de 3.1 millones de hectáreas en 1993 a 2.5 millones en 2000. La
importación masiva de piezas de pollo casi acabó con esa industria, en
tanto el aumento de importaciones desestabilizó las de aves de corral,
cerdo y vegetales.
Los economistas del gobierno prometieron que las pérdidas en maíz y
otros cultivos tradicionales serían más que compensadas por la nueva
industria exportadora de cultivos “de alto valor agregado” como flores,
espárragos y brécoles. Poco de eso se materializó. El empleo agrícola
cayó de 11.2 millones en 1994 a 10.8 millones en 2001.
El doble golpe del ajuste impuesto por el FMI y la liberalización
comercial impuesta por la OMC hizo que una economía agrícola en buena
medida autosuficiente se volviera dependiente de las importaciones y
marginó constantemente a los agricultores. Fue un proceso cuyo dolor fue
descrito por un negociador del gobierno filipino durante una sesión de
la OMC en Ginebra: “Nuestros pequeños productores agrícolas son
masacrados por la brutal injusticia del entorno del comercio internacional”.
*La gran transformación*
La experiencia de México y Filipinas se reprodujo en un país tras otro,
sujetos a los manejos del FMI y la OMC. Un estudio de la Organización de
Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) en 14 países
descubrió que los niveles de importaciones agrícolas en 1995-98
excedieron los de 1990-94. No era sorprendente, puesto que uno de los
principales objetivos del acuerdo agrícola de la OMC era abrir mercados
en países en desarrollo para que absorbieran la producción excedente del
norte.
Los apóstoles del libre mercado y los defensores del /dumping/
parecieran estar en extremos opuestos del espectro, pero las políticas
que propugnan producen el mismo resultado: una agricultura capitalista
industrial globalizada. Los países en desarrollo se integran en un
sistema en el que la producción de carne y grano para exportación está
dominada por grandes granjas industrializadas como las manejadas por la
trasnacional tailandesa CP, en las que la tecnología es mejorada
continuamente por avances en ingeniería genética de firmas como
Monsanto. Y la eliminación de barreras tarifarias y no tarifarias
facilita un supermercado agrícola global de consumidores de elite y
clase media, atendidos por corporaciones comercializadoras de granos
como Cargill y Archer Daniels Midland, y minoristas trasnacionales de
alimentos como la británica Tesco y la francesa Carrefour.
No se trata sólo de la erosión de la autosuficiencia alimentaria
nacional o de la seguridad alimentaria, sino de lo que la africanista
Deborah Bryce-son, de Oxford, llama la “descampesinación”, es decir, la
supresión de un modo de producción para hacer del campo un sitio más
apropiado para la acumulación intensiva de capital. Esta transformación
es traumática para cientos de millones de personas, pues la producción
campesina no es sólo una actividad económica: es un modo de vida
milenario, una cultura, lo cual es una razón de que en India los
campesinos desplazados o marginados hayan recurrido al suicidio. Se
calcula que unos 15 mil campesinos indios han acabado con su vida. El
derrumbe de precios por la liberalización comercial y la pérdida de
control sobre las semillas ante las empresas de biotecnología son parte
de un problema integral, señala Vandana Shiva, activista por la justicia
global: “En la globalización, el campesino o campesina pierde su
identidad social, cultural y económica de productor. Ahora un campesino
es ‘consumidor’ de semillas y químicos caros que venden las poderosas
corporaciones trasnacionales por conducto de poderosos latifundistas y
agiotistas locales”.
* Versión reducida del artículo a publicarse en la edición de /The
Nation/ (Nueva York) el 2 de junio. Se reproduce con permiso del autor.
** Walden Bello es analista y ex director ejecutivo del instituto de
investigación y activismo Enfoque en el Sur Global, con sede en Bangkok.
Traducción: Jorge Anaya.
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