[Prensacampo-l] El viejo orden agricola aun patalea
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Mar Jun 30 12:37:22 CDT 2009
La jornada 26 de Junio de 2009
El viejo “orden” agrícola aún patalea
_Víctor M. Quintana S._
Menos mal que los últimos gobiernos federales ya firmaron casi todos los
tratados de libre comercio que nuestro país podía firmar. Porque como
entregaron nuestra alimentación y nuestra agricultura, ahora serían
capaces de entregar nuestras tierras y recursos naturales, como lo marca
la tendencia de la agricultura dominante.
El caso de la Amazonia peruana es el más reciente. Las poblaciones
indígenas de esa región condujeron una huelga general y pacífica durante
casi dos meses en protesta por los decretos legislativos del gobierno de
Alan García para cumplir con las condiciones exigidas por Estados Unidos
para implementar el Tratado de Libre Comercio. Por estos decretos se
entregan en concesión a compañías de petróleo, minería y agricultura
comercial 44 de los 75 millones de hectáreas de la Amazonia, que son
territorios de pueblos indios, sin consultarlos para nada. García
respondió desatando la represión el 5 de junio, con un saldo de por lo
menos 50 muertos y muchos desaparecidos. Quienes imponen el libre
comercio no se conforman con el libre flujo de capitales y mercancías;
ahora exigen el libre acceso a las tierras y recursos naturales
estratégicos.
La crisis energética y la crisis alimentaria generan un nuevo proceso de
apropiación de tierras a escala global: de pronto, países ricos en
divisas, en industria o con gran expansión económica ven que las
perspectivas de producir suficientes alimentos para su población o de
tener fuentes alternas y renovables de energía son escasas y de corto
plazo. Entonces buscan con todo hacerse de tierras, así sea en otros
continentes, para cultivar granos básicos o biocombustibles, como la
caña de azúcar o la palma africana. Una nueva oleada de la economía de
plantaciones.
Las naciones del Golfo Pérsico, como Qatar y los Emiratos Árabes, han
adquirido amplias extensiones de tierra arable en África, Asia, e
incluso en el este de Europa. China también ha invertido en África.
Arabia Saudita ha comprado cientos de miles de hectáreas en Sudán y
Etiopía. Mayúsculo sinsentido: estos dos países son grandes receptores
de ayuda alimentaria mundial y, sin embargo, venden sus tierras para
exportar trigo a uno de los países más ricos del mundo. El gobierno de
Corea del Sur, en lugar de apoyar a sus muy combativos campesinos, busca
tierras ultramar para que sus compañías produzcan alimentos. Estuvo a
punto de comprar prácticamente la mitad a la isla de Madagascar, si no
fuera porque una fuerte movilización de la sociedad malgache impidió el
trato.
Como señala Joao Pedro Stedile, dirigente del Movimiento de los Sin
Tierra, esta tendencia mundial se debe a la avaricia del capital
trasnacional, que ha decidido “invernar” adquiriendo tierras y recursos
naturales durante la crisis económica financiera, para luego
reconstituirse y lanzar un nuevo ciclo de acumulación, basado en el
control de los alimentos y los biocombustibles.
La hambruna no cede, precisamente porque los alimentos y la naturaleza
se utilizan como herramientas de especulación, palancas de acumulación.
A pesar de que en 1992 la FAO se había propuesto reducir a la mitad el
número de gente que padece hambre en el mundo, se incrementó en 160
millones de personas, hasta llegar a mil 20 millones, uno de cada seis
humanos. Cien millones más se agregarán a consecuencia de la actual
crisis económica. Nunca en la historia de la humanidad había habido
tantas personas que padecen hambre como en este hipertecnologizado siglo
XXI.
Estos datos han escandalizado en reuniones internacionales, han rasgado
vestiduras y provocado posicionamientos. Predominan los partidarios del
viejo “orden” en agricultura: los que insisten en que más tecnología,
más libre mercado, más explotación intensiva de recursos naturales,
menos fronteras y aranceles, menos subsidios, es lo que va a producir
más alimentos para todos.
Por otro lado están los que piensan –pensamos– que el actual orden de la
agricultura lo es sólo para unos cuantos y acarrea un espantoso desorden
para las comunidades, el medio ambiente y la riqueza de las naciones.
Los que proponen que se torne los ojos a los campesinos, a los
indígenas, a las agriculturas familiares que ahora tanto defienden sus
tierras, como resisten mejor que otros sectores a la crisis de la
especulación financiera. Que se cambie la receta y en lugar de apoyar a
las grandes empresas se forjen políticas que fortalezcan la capacidad
productiva de estos pequeños productores, dotándolos de infraestructura,
combinando las nuevas tecnologías con las ya probadas por ellos:
recuperando sus saberes, preservando sus semillas.
Por ahora la correlación de fuerzas favorece a los defensores del
“orden” agrícola devastador y excluyente. Los que pensamos en un nuevo
orden agrícola como pilar para una nueva época para la comunidad de los
seres vivos, tenemos que construir fuerza, tender puentes, actuar social
y políticamente a pesar de lo adverso de la coyuntura.
PS. Y sin embargo, hay avances... Apenas este miércoles, la división de
cambio climático del Deutsche Bank publica un estudio donde cuestiona
precisamente el enfoque productivista, del caduco “orden” agrícola
actual, por incrementar la escasez de agua y la emisión de gases de
efecto invernadero. Al mismo tiempo afirma que debe contemplarse como
alternativa “la remergencia de granjas pequeñas, autosuficientes,
orgánicas, diversificadas en sus cultivos, eficientes en el uso del agua
y la energía, socialmente justas y autosustentables”.
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